La fábula de las abejas
La fábula de las abejas El más insignificante desventurado siente gran estimación por su persona, y el más caro deseo del hombre ambicioso es que todo el mundo sea, en este aspecto, de su misma opinión. Asà que la insaciable sed de fama que en todos los tiempos inflamó el corazón de los héroes, jamás fue otra cosa que el irresistible anhelo de acaparar la estimación y la admiración de los hombres de las futuras edades, asà como la de sus contemporáneos (por mortificante que sea, esta verdad fue el secreto pensamiento de un Alejandro o un César), y la perspectiva de la gran recompensa por la que las mentes más exaltadas han sacrificado tan gustosamente su tranquilidad, salud, placeres sensuales y hasta la última pulgada de sà mismos, nunca ha sido otra sino aquella que es el aliento del hombre, la etérea moneda de la fama. ¿Quién puede dejar de reÃr cuando se piensa en todos los grandes hombres que tomaron en serio el tópico de aquel loco macedonio[272] que tenÃa el alma tan espaciosa y tan grande corazón que, según Lorenzo Gracián[273], en una esquina de él le cabÃa tan holgadamente el mundo, que en el resto le cabÃan seis más? ¿Quién podrá contener la risa, digo, cuando se comparen las admirables cosas que se han dicho de Alejandro con el grandioso fin que se proponÃa dar a sus hazañas, confirmado por sus propias palabras, cuando grita, al pasar el Hidaspes, después de tantas fatigas como le habÃa costado: ¡Oh, vosotros, atenienses, no podrÃais creer en los peligros a que me he expuesto para que me alabéis![274]? Por lo tanto, para definir de la manera más amplia la recompensa de la gloria, lo más que se puede decir es que consiste en una felicidad superlativa, que el hombre consciente de haber realizado una acción noble, se goza en el amor propio, mientras piensa en los aplausos que espera.