La fábula de las abejas
La fábula de las abejas En contestación a esto digo que es imposible juzgar las acciones de los hombres, a menos que estemos muy bien enterados del principio y del motivo que les hacen obrar. Aunque la piedad es la más dulce y la menos pérfida de todas nuestras pasiones, no deja de ser una de las flaquezas de nuestra naturaleza, como la cólera, el orgullo o el miedo. Generalmente es en los espíritus más débiles donde se alberga la piedad y por esta razón los seres que suelen ser más compasivos son las mujeres y los niños. No hay más remedio que reconocer, que de todas nuestras debilidades, es la piedad la más amable y la que más se asemeja a la virtud; no cabe duda que sin una considerable dosis de ella la sociedad apenas podría subsistir; pero, puesto que es también un impulso de la Naturaleza, que no mira ni el interés público ni nuestra propia razón, lo mismo puede causar mal que bien. La piedad ha contribuido a destruir el honor de las vírgenes y a corromper la integridad de los jueces; y aquel que la tome como un principio, por mucho que sea el bien que proporcione a la sociedad, no tiene que vanagloriarse más que de haber tenido acceso a una pasión que por casualidad ha resultado provechosa para el público. Ningún mérito hay en salvar a una inocente criatura que va a caer al fuego: la acción no es ni buena ni mala y, por grande que sea el beneficio que el infante reciba, no habremos hecho más que complacemos a nosotros mismos; pues el haberlo visto caer y no tratar de impedirlo nos hubiera causado una pena que el instinto de conservación nos impulsa a evitar. Cuando un rico pródigo, de temperamento piadoso, que gusta de satisfacer sus pasiones, socorre por conmiseración a un sujeto con lo que para él es una bagatela, tampoco tiene por qué envanecerse de su virtud.