La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Parece bastante claro que, si los que no contribuyen para alguna Escuela de Caridad, se han hecho menos caritativos de lo que eran, su falta de caridad para con unos no se debe a que contribuyan para otros. En cuanto a los que sà contribuyen para estas escuelas, están tan lejos de ser más ahorrativos de lo que eran en suministrar alivio a otros beneficiarios, que las viudas pobres, los ancianos y los incapaces, lisa y llanamente reciben más ayuda de ellos, en proporción al número de su grupo y capacidad, que de cualquier otro de un grupo de la misma cantidad de hombres e iguales circunstancias de fortuna que no se preocupan por las Escuelas de Caridad, salvo para condenarlas y difamarlas. Yo me encontraré con Catilina en el Café Griego[480] cualquier dÃa de la semana y, citando a personas particulares, en la cantidad que a él le plazca, le demostraré la verdad de lo que digo. Pero no confÃo mucho en que me conceda la cita, porque su oficio consiste, no en alentar la demostración de la verdad, sino en echar disfraces sobre ella; de no ser asÃ, jamás se habrÃa permitido, después de presentar a las Escuelas de Caridad como encargadas de «educar a los niños en la lectura y la escritura y en un comportamiento sobrio, de manera que salgan cualificados para ser sirvientes», añadir acto seguido estas palabras: «Una clase de parásitos ociosos y alborotadores, que ya casi se han devorado el Reina», y que «se han vuelto en todas partes una perturbación pública»[481], etcétera. ¿Qué es esto? ¿Es a causa de las Escuelas de Caridad que los criados hayan llegado a ser tan ociosos, tales parásitos alborotadores, en tal medida una perturbación pública, que las sirvientas se conviertan en prostitutas y los sirvientes en ladrones, asaltantes de casas y fulleros, como dice él que comúnmente sucede? ¿Esto se debe a las Escuelas de Caridad? Y, no siendo asÃ, ¿cómo se toma la libertad de presentarlas como medios que aumentan esta carga de maldad que, en realidad, muy claramente pesa sobre la población? La inculcación de los principios de virtud no suele considerarse ocasión principal conducente al vicio. Si el precoz conocimiento de la Verdad y de nuestras obligaciones para con ella fueran la manera más segura de apartarse de la misma, nadie dudarÃa que el conocimiento de la Verdad le fue instilado a Catilina en su más tierna edad y con el mayor esmero. Hay algo muy notable en su información y que merece que se le dé tanta importancia como le da él mismo: su afirmación de que «se recolecta más en las puertas de las iglesias en un dÃa, para hacer que estos pobres niños y niñas vistan gorros y chaquetas de librea, que para todos los demás pobres en un año entero»[482]. ¡Dichoso Catilina! Este argumento lo llevas con alas en los pies, pues no tendrás testigos en contra tuya y ningún ser viviente habrá de contradecirte, salvo los recaudadores y los inspectores de pobreza, y todos los demás habitantes principales de la mayorÃa de las parroquias de Inglaterra donde haya Escuelas de Caridad.