La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Lo chistoso de esto, My Lord, es que estos escritorzuelos aspiran todavía a que se les considere hombres buenos y morales. Pero cuando los hombres se dedican a extraviar y engañar a sus prójimos, y en asuntos de importancia, distorsionando y disfrazando la verdad mediante embelecos e insinuaciones falaces, si tales hombres no cometen el delito de usurpación cuando asumen el carácter de buenos y morales, entonces no será inmoral, para cualquier hombre, el ser falso y engañoso, en los casos en que la Ley no le sancione por serlo, y la moralidad no tendría relación alguna con la verdad y el trato honrado. Sin embargo, a mí no me gustarla mucho encontrarme en Hounslow-Heath con alguno de estos hombres morales si me acaeciera de ir por esos rumbos sin pistolas. Porque creo que el que no tiene conciencia para una cosa, tampoco ha de tener mucha para otra. Su Señoría, que juzga tan puntualmente a los hombres como a los libros, fácilmente ha de pensar, si no tuviera otra información acerca de las Escuelas de Caridad, que algo muy excelente debe de haber en ellas, puesto que semejante ralea de hombres se les opone con tanto calor.