La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Ellos dicen que estas escuelas son un estorbo para la agricultura y la manufactura. En cuanto a la agricultura, a los niños no se les tiene en las escuelas más allá de cuando alcanzan la edad y el desarrollo físico suficientes como para desempeñarse en las principales faenas de ella o para soportar un trabajo constante; y aun mientras están en los cursos, Su Señoría puede estar segura de que no se les impide trabajar en los campos ni realizar tareas para las que estén capacitados, en cualquier época del año en que puedan obtener tales empleos para sostener a sus padres y a sí propios. En este caso, los padres, en los distintos condados, son los jueces idóneos de sus diversas situaciones y circunstancias; y al mismo tiempo, no se inclinan mucho a que sus hijos obtengan un poco de conocimiento en lugar de un poco de dinero, antes al contrario, les encontrarán otra ocupación que no sea la de asistir a la escuela, si en ella pueden ganar algún penique. Y el caso es el mismo respecto de la manufactura; los fideicomisarios de las Escuelas de Caridad y los padres de los niños educados en ellas les estarían muy agradecidos, a los caballeros que hacen esta objeción, si colaboraran para suprimirla, suscribiendo un fondo destinado a juntar el empleo de manufactura con la tarea de aprender a leer y escribir en las Escuelas de Caridad: ésta sería una noble tarea. Ya ha sido llevada a cabo por los mantenedores de algunas Escuelas de Caridad y todas las demás aspiran a lo mismo y seriamente lo desean; pero Roma no se hizo en un día. Hasta que este gran objetivo se alcance, que los maestros y los jefes de manufacturas de diversas partes del Reino sean lo bastante caritativos como para emplear a los niños pobres durante algunas horas, todos los días, en sus respectivos establecimientos, mientras los fideicomisarios se encargan de ocupar las horas restantes en las tareas habituales de las Escuelas de Caridad. Es fácil para los hombres de partido, para las mentes maquinadoras y pervertidas, inventar argumentos de matices engañosos y lanzar improperios, que aparentan ser razones, contra las mejores cosas del mundo. Pero, indudablemente, ningún hombre imparcial, que posea un sentido serio de la bondad y profese verdadero amor a su país, puede pensar que esta visión justa y apropiada de las Escuelas de Caridad pueda merecer alguna objeción justificada y ponderada, ni negarse a colaborar con su empeño a mejorarlas y llevarlas a la perfección que se desea para ellas. Mientras, que nadie sea tan débil o malvado como para negar que, cuando los niños pobres no pueden encontrar ocupación dé ninguna otra manera honrada, en lugar de permitir que su tierna edad se malgaste en el ocio o en aprender las artes de la mentira, la blasfemia y el robo, es verdadera caridad hacia ellos, y un buen servicio para la Nación, ocuparlos en aprender los principios de la religión y la virtud, hasta que su edad y su fuerza les capaciten para llegar a ser sirvientes de familias o emplearse en la agricultura, la manufactura o cualquier otra profesión manual o trabajo laborioso; porque es a estos trabajos laboriosos a los que se dedican generalmente, si no siempre, los niños de las Escuelas de Caridad, apenas están capacitados para ellos. Por tanto, bien puede Catilina complacerse en retractarse de su objeción relativa a los tenderos o vendedores minoristas, de quienes afirma que «sus empleos», de los cuales sostiene que «debieran recaer en la porción de niños de su misma condición, en su mayor parte están reservados y monopolizados por los directores de las Escuelas de Caridad»[483]. Me tendrá que perdonar él de que informe a Su Señoría de que, en realidad, esta afirmación es directamente falsa, lo cual es un inconveniente muy indicado para caer sobre sus afirmaciones y en particular sobre otra de ellas que querría mencionar. Porque a él no le avergüenza afirmar rotundamente «que los principios de nuestra gente común se corrompen en nuestras Escuelas de Caridad, que tan pronto aprende a hablar se le enseña a balbucear IGLESIA RITUALISTA y ORMONDE[484], y así se les educa para ser traidores antes de que puedan entender lo que significa traición»[485]. Su Señoría, y otras personas íntegras, cuyas palabras son fieles representantes de sus pensamientos, pensarían ahora, si yo no les hubiese dado la clave del lenguaje de Catilina, que él está plenamente convencido de que a los niños de las Escuelas de Caridad se les enseña a ser traidores.