La fábula de las abejas
La fábula de las abejas En vista de que en el Evening-Post del jueves 11 de julio se insertó una denuncia del Gran Jurado de Middlesex contra el editar de LA FÁBULA DE LAS ABEJAS, O VICIOS PRIVADOS, BENEFICIOS PÚBLICOS, y de que a continuación se publicó una carta apasionada e injuriosa contra el mismo libro y su autor, en el London Journal del sábado 27 de julio, me considero inexcusablemente obligado a reivindicar el susodicho libro de todas las negras aspersiones que inmerecidamente se le han echado, en conciencia de que, al escribirlo, no he tenido la menor mala intención. Habiendo aparecido las acusaciones en contra suya en periódicos públicos, no sería equitativo que su defensa apareciera de modo más privado. Lo que tengo que decir en mi favor va dirigido a todos los hombres sensatos y sinceros, sin pedirles más favor que el de su paciencia y atención. Dejando de lado lo que en la carta se relaciona con otros, así como todas las cosas ajenas y no pertinentes, empezaré con el pasaje del libro que en ella se cita, es decir: «Después de esto, me congratulo de haber demostrado que ni las cualidades amistosas ni los afectos simpáticos que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que sea capaz de adquirir por la razón y la abnegación, son los cimientos de la sociedad; sino que, por el contrario, lo que llamamos mal en este mundo, sea moral o natural, es el gran principio que hace de nosotros seres sociables, la base sólida, la vida y el sostén de todos los oficios y profesiones, sin excepción: es ahí donde hemos de buscar el verdadero origen de todas las artes y ciencias, y en el momento en que el mal cese, la sociedad se echará a perder, si no se disuelve completamente»[492]. Estas palabras, lo reconozco, están en el libro, y siendo a la vez inocentes y verdaderas, me gustaría que siguieran en él en todas las futuras impresiones. Pero también he de afirmar con toda libertad que, si hubiese escrito yo con el propósito de ser comprendido por las capacidades más limitadas, no habría escogido el tema que trato; o, de haberlo hecho, habría ampliado y explicado cada frase, discriminando y distinguiendo decentemente, y nunca me habría presentado sin el puntero en la mano. Por ejemplo, para hacer inteligible el párrafo señalado, habría dedicado una o dos páginas al significado de la palabra mal, tras lo cual les habría enseñado que cada defecto, cada carencia, es un mal; que de la multiplicidad de esas carencias dependen todos los servicios mutuos que los miembros particulares de una sociedad se prestan entre sí, y que, por consiguiente, cuanta mayor variedad de carencias exista, mayor cantidad de individuos puede encontrar de su interés privado el trabajar por el bien de los demás, y uniéndose todos, componer un cuerpo. ¿Existe oficio o artesanía que no sean los que nos proporcionen algo que nos haga falta? Esta falta, ciertamente, antes de ser satisfecha es un mal, que tal oficio o artesanía ha de remediar y sin la cual jamás habrían sido imaginados. ¿Hay arte o ciencia que no hayan sido inventadas para enmendar algún defecto? De no existir este último, aquéllas no tendrían oportunidad de extirparlo. Digo en la página 247: «La excelencia del pensamiento y el ingenio humano nunca saltan más a la vista que en la variedad de las herramientas y enseres de los trabajadores y artífices y en la multiplicidad de máquinas, que han sido inventadas para ayudar a la debilidad del hombre, para corregir sus muchas imperfecciones, para gratificar su holgazanería o para obviar su impaciencia.» Varias páginas anteriores discurren en el mismo sentido. Pero, ¿qué relación tiene todo esto con la religión o la falta de fe, más de la que pueda tener con la navegación o con la paz en el Norte?[493].