La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Las muchas manos que se dedican a suplir nuestras carencias naturales, que en verdad son tales como el hambre, la sed y la desnudez, no son nada comparadas con las vastas multitudes que, con toda inocencia, gratifican la depravación de nuestra naturaleza corrupta; me refiero a los industriosos que se ganan la vida con el trabajo honrado, a quienes los vanos y voluptuosos han de estar reconocidos por todos sus enseres y herramientas de holgura y lujo. «El vulgo miope, en la cadena de las causas no suele ver más allá del eslabón inmediato; pero los que pueden ensanchar su visión y entregarse al placer de echar una mirada a la perspectiva de los acontecimientos concatenados, podrán ver en cien lugares cómo el bien emerge y pulula del mal, con tanta naturalidad como los polluelos de los huevos.»
Estas palabras se encuentran en la página 56, en la Observación acerca de la aparente paradoja de que, en el panal murmurante,
aun el peor de la multitud
algo hacía por el bien común[494].
Por lo cual, en muchos ejemplos puede descubrirse plenamente cómo la Providencia inescrutable ordena diariamente que la comodidad de los laboriosos y aun la manumisión de los oprimidos provengan secretamente, no sólo de los vicios de los lujuriosos, sino también de los crímenes de los facinerosos y de los más relajados.