La fábula de las abejas

(RESUMEN)

La fábula de las abejas

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Los encomios de los lupanares, de que se queja la Denuncia, no aparecen en el libro por ninguna parte. Lo que puede haber dado lugar a este cargo debe de haber sido una disertación política concerniente a la mejor manera de guardar y preservar a las mujeres honradas y virtuosas de las asechanzas de los hombres disolutos, cuyas pasiones suelen ser ingobernables. En esto hay un dilema entre dos males, que es imposible evitar simultáneamente, de suerte que lo he tratado con suma cautela, empezando así: «No es mi intención, ni mucho menos, estimular el vicio, y creo que sería para él Estado una indecible felicidad si pudiera desterrar de sí totalmente este pecado de impureza; pero mucho me temo que no sea posible»[496]. Y expongo las razones por las cuales pienso así; y al hablar casualmente de las casas de música de Amsterdam, hago de ellas una relación tan breve que mal puede haber algo menos dañino; y apelo a todos los jueces imparciales para que dictaminen si lo que digo de ellas no es diez veces más apropiado para suscitar en los hombres (aun los más voluptuosos de cualquier placer) disgusto y aversión contra ellas que para provocar cualquier deseo criminal. Lamento que el Gran Jurado haya pensado que he publicado esto con la intención de corromper a la Nación, sin pararse a considerar que, en primer lugar, no hay una frase ni una sílaba que puede ofender al oído más casto ni mancillar la imaginación del más vicioso; ni, en segundo lugar, que el asunto de que se queja está manifiestamente dirigido a los políticos y magistrados, o al menos a la parte más seria y pensante de la humanidad, mientras que la corrupción de maneras en el ámbito de la incontinencia, producida por la lectura, sólo puede adquirirse en las obscenidades fáciles de comprar y adaptadas de cualquier manera al gusto y capacidad del vulgo incauto y de la juventud sin experiencia de ambos sexos; pero el trabajo, que tantas injurias recibe, jamás fue pensado para ninguna de estas clases de personas, como queda patente en cada circunstancia. El comienzo de la prosa es decididamente filosófico y difícilmente inteligible para quien no tenga hábito en asuntos especulativos; y su título está tan lejos de ser artificioso o invitante que, sin haber leído el libro mismo, nadie puede saber cómo tomarlo, y al mismo tiempo, su precio es de cinco chelines[497]. Por todo lo cual resulta evidente que, si el libro contuviera algunos dogmas peligrosos, yo no he exhibido mucha diligencia en difundirlos entre el pueblo. No digo palabra alguna para agradarle o atraerlo y el mayor cumplido que le hago es el de aspage vulgus. «Pero como nada (digo en la página 150) demostraría más claramente la falsedad de mis ideas que el hecho de que estuviese de acuerdo con ellas la generalidad de las personas, no espero la aprobación de la multitud. No escribo para muchos ni aspiro a conquistar la buena voluntad de nadie, más que de los pocos que son capaces de pensar en abstracto y tienen sus mentes por encima de lo vulgar.» No hago abuso de esto y mantengo siempre tan tierno miramiento hacia el público que, cuando expongo sentimientos poco comunes, me valgo de todas las precauciones imaginables, para no resultar dañino a alguna mente débil que de casualidad abriera el libro. Cuando confieso (página 149) que «en mi opinión, ninguna sociedad podrá transformarse en reino rico y poderoso, ni tampoco, una vez conseguido esto, subsistir por mucho tiempo con su riqueza y poder, sin los vicios del hombre», pongo como premisa, y esto es verdad, que «nunca he dicho, ni siquiera imaginado, que el hombre no pudiera ser virtuoso, tanto en un reino rico y poderoso como en la más lastimosa república». Precaución que habría considerado superflua algún hombre menos escrupuloso que yo, cuando ya ha explicado su pensamiento en el principio mismo del párrafo, que empieza así: «Sustento como primer principio que, en todas las sociedades, grandes o pequeñas, es deber de cada uno de sus miembros él ser buenos; que la virtud debe ser fomentada, el vida censurado, las leyes obedecidas y los transgresores castigados.» No hay en el libro una sola línea que contradiga esta doctrina y desafío a mis enemigos a refutar lo que afirmo en la página 150, que «aunque haya indicado él camino de grandeza mundana, siempre he preferido, sin la menor vacilación, el que conduce a la virtud». Nadie se ha tomado tanto trabajo como yo por no ser mal interpretado: véase la página 150: «Cuando digo que las sociedades no pueden elevarse a la riqueza ni alcanzar la cumbre de la gloria terrenal sin vicios, no creo que con esto postule que los hombres sean viciosos; como tampoco que sean pendencieros y codiciosos, cuando afirmo que la profesión de las leyes no podría mantenerse en tan grandes números ni en tanto esplendor si no hubiera abundancia de gente egoísta y litigiosa.» Una advertencia de la misma naturaleza la he dado hacia el final del Prefacio, en relación con un mal palpable que es inseparable de la felicidad de Londres. Investigar las causas reales de las cosas no importa ningún mal designio ni tiende a dañar en manera alguna. Un hombre puede escribir sobre venenos, siendo un excelente médico. En la página 246 digo que «nadie necesita defenderse de las bendiciones, pero para evitar las calamidades se precisan manos». Y más abajo: «Son el calor y el frío extremados, la inconstancia y el rigor de las estaciones, la violencia e inestabilidad de los vientos, la gran fuerza y la perfidia del agua, la ira y la indocilidad del fuego y la obstinación de la tierra las que incitan nuestra capacidad de invención, para movemos a tratar de evitar los daños que nos producen o a corregir su malignidad y a convertir sus diversas fuerzas en provecho nuestro, de mil maneras diferentes.» Cuando alguien se interroga acerca de la manera de proporcionar ocupación a vastas multitudes, no veo por qué no pueda decir esto y mucho más, sin ser acusado de despreciar los dones y la munificencia del Cielo y de hablar de ellos con ligereza, siendo que, al mismo tiempo, demuestra que sin lluvia ni sol este planeta no sería habitable para criaturas como nosotros. Es éste un tema extraordinario y yo nunca disputaría con nadie que me dijera que también se lo podría dejar sin tratar; sin embargo, siempre he pensado que pudiera agradar a las personas de gusto aceptable y que no quedaría irremisiblemente perdido.

Este documento es un resumen redactado con fines exclusivamente educativos e informativos. Su contenido ha sido elaborado con palabras propias del autor del resumen y no contiene reproducciones textuales de la obra original. La obra original, titulada 'La fábula de las abejas', es de autoría de Bernard Mandeville y todos sus derechos pertenecen a dicho autor y a sus titulares legales. Esta publicación no busca reemplazar la lectura de la obra original ni afecta su explotación comercial. No se reclaman derechos sobre el contenido original ni se pretende apropiación alguna. Se recomienda encarecidamente la lectura íntegra de la obra original para una experiencia completa. Puedes adquirirla legalmente en Amazon..

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