La fábula de las abejas
La fábula de las abejas HORACIO Puede ser, pero no escucharé una sola palabra. Todo lo que puedas decirme será baldío, y si no me das permiso para hablar claro, me voy a marchar al instante. Ese maldito libro te ha embrujado y te ha hecho negar la existencia de las mismas virtudes que te habían ganado la estimación de tus amigos. Tú sabes que éste no es mi lenguaje usual; me repugna decir cosas desagradables. Pero, ¿qué consideración puede tenerse por un autor que trata a todos de haut en bas, que bromea acerca de la virtud y el honor, llama loco a Alejandro Magno[1] y habla de los reyes y príncipes exactamente como podría hacerlo de la gente más vil? La misión de su filosofía es exactamente la inversa de la que tienen los heraldos: mientras estos últimos inventan y descubren siempre ilustres genealogías para la gente baja y oscura, tu autor, por el contrario, está siempre buscando e inventando orígenes ruines para las acciones dignas y honorables. Estoy a tu disposición.
CLEÓMENES No te vayas. Opino como tú. Aquello de que quería convencerte es precisamente de lo enteramente repuesto que estoy de la locura que tan justamente acabas de exponer. He abandonado aquel error.
HORACIO ¿Hablas en serio?
CLEÓMENES Completamente. No hay más grande defensor de las virtudes sociales que yo, y me pregunto si hay algún admirador de lord Shaftesbury[2] que vaya en ello tan lejos.