La fábula de las abejas
La fábula de las abejas HORACIO Mas, ¿por qué es imposible para la naturaleza humana ser jamás buena? En vez de esto, le encuentras continuamente defectos sin el menor fundamento o pretexto. Cuando las cosas ofrecen en todos los sentidos una hermosa apariencia, ¿por qué has de suponer que son malas? ¿Cómo has podido llegar a descubrir imperfecciones que están perfectamente ocultas? ¿Por qué supones que una persona es codiciosa en el fondo de su corazón y que tiene por ídolo el dinero, cuando tú mismo confiesas que jamás lo demuestra y que brilla en todos sus actos una generosidad manifiesta? Esto es monstruoso[1].
CLEÓMENES No he hecho suposiciones acerca de nadie y debo declararte que en todo lo que dije no he tenido más propósito que el de observar que, cualesquiera que sean las flaquezas y las fragilidades naturales que puedan albergar las personas, el buen sentido y los buenos modales son suficientes y capaces sin ayuda ajena de mantenerlas fuera de las indiscretas miradas. Pero tus preguntas son muy oportunas, y como has empezado por aquí, voy a serte muy franco y a comunicarte de antemano el propósito que me anima en la descripción que voy a hacer y la utilidad que pienso sacar de ella. Se trata, en resumen, de demostrarte que la más hermosa superestructura puede ser erigida encima de los más despreciables y corrompidos cimientos. Dentro de poco vas a comprenderme mejor.