La fábula de las abejas
La fábula de las abejas CLEÓMENES Es increÃble cuán extrañas, diversas, inexplicables y contradictorias formas puede modelar en nosotros una pasión que no puede satisfacerse sin encubrirse y que nos arrastra tanto más cuanto más persuadidos estamos de que está bien escondida. Por lo tanto, no hay benevolencia, tolerancia, afable cualidad o virtud social que aquélla no pueda falsear; no hay, en suma, ningún hecho bueno o malo realizado por el cuerpo o el alma humanos que no pueda tener dicha pasión como motivo. No hay duda, además, de que ciega y ofusca hasta el más alto grado a las personas dominadas por ella, pues, ¿qué firmeza de la razón, qué discernimiento o penetración posee el mayor genio imaginable cuando se jacta de tener algún sentimiento religioso después de haber confesado que le han espantado más las infundadas aprensiones y los males imaginarios procedentes de vanos hombres impotentes a quienes jamás ha agraviado, que el justo temor de mi castigo real y verdadero impuesto por un Dios omnipotente y omnisciente a quien arrogantemente ha ofendido?
HORACIO Pero tu amigo no hace tales consideraciones religiosas y habla, en realidad, en favor del duelo.
CLEÓMENES ¡Cómo! ¿Por exigir que las leyes contra el duelo sean lo más severas posible y que nadie que las infrinja sea perdonado?