La fábula de las abejas
La fábula de las abejas HORACIO No he pensado en nada más desde nuestra última entrevista. Esta mañana he hecho un examen detenido de todo el ensayo con mayor atención que la empleada al leerlo por vez primera. Me gusta mucho; solamente ocurre que no puedo conciliar el pasaje que ayer me leíste y algunos otros relativos al mismo asunto, con la narración bíblica acerca del origen del hombre[2]. Si todos somos descendientes de Adán y, por consiguiente, de Noé y de su posteridad[3], ¿cómo han podido llegar al mundo los salvajes?[4].
CLEÓMENES La historia del mundo es muy imperfecta en lo que toca a los tiempos más antiguos[5]. Las devastaciones producidas por la guerra, la peste y el hambre, las angustias que han tenido que afrontar algunos hombres y la extraña dispersión de nuestra raza sobre la haz de la tierra después del diluvio son cosas desconocidas para nosotros.
HORACIO Pero las personas bien instruidas no dejan nunca de enseñar el pasado a sus hijos. Y no tenemos razones para suponer que hombres tan prudentes y civilizados como los hijos de Noé se mostraran indiferentes hacia su progenie. Es de todo punto increíble, puesto que todos descendemos de ellos, que las generaciones sucesivas, en vez de progresar en experiencia y sabiduría, hayan sufrido un retroceso y hayan abandonado cada vez más a su prole hasta degenerar, finalmente, en lo que has llamado el estado natural[6].