Amor entre espinas
Amor entre espinas La casa de los Nauta parecÃa sacada de una revista de arquitectura, imponente y de lÃneas perfectas. Cada detalle, desde los setos hasta las ventanas altas, irradiaba un orden casi frÃo, reflejo exacto de su dueño. Sarah respiró hondo antes de tocar el timbre, con la incertidumbre arremolinándose en su estómago. —¿Señorita Fletcher? —La mujer que abrió la puerta era elegante, con un porte que Sarah envidió al instante. La madre de Radolf tenÃa la misma mirada azul acero que su hijo, pero la suavidad en su voz no dejaba dudas: era ella quien habÃa insistido en esta oportunidad para Sarah. Dentro, todo parecÃa más grande y silencioso, como si cada rincón estuviera diseñado para imponer respeto. Fue entonces cuando lo vio: Radolf, parado al final del pasillo. —Ah, señorita Fletcher, veo que ya está aquà —dijo sin una pizca de emoción en su voz. Sarah lo miró con una mezcla de desafÃo y resignación. Por un instante, sus ojos se cruzaron, y aunque él intentó disimularlo, ella vio algo más allá de la fachada impasible: sorpresa, tal vez incluso una chispa de reconocimiento. —Espero que pueda manejar a mi abuela. No es fácil de tratar —añadió Radolf, girándose con la precisión de un reloj y desapareciendo en el interior de la casa. El primer encuentro con la abuela fue un choque de personalidades. La anciana, rÃgida y con un carácter afilado, parecÃa empeñada en probar los lÃmites de Sarah desde el primer momento. —¿Tú? ¿Una joven tan corriente viene a cuidarme? —preguntó, con una sonrisa cargada de sarcasmo. —Corriente, tal vez, pero competente —respondió Sarah con calma, manteniendo la mirada. Los dÃas pasaron con una rutina que Sarah nunca habÃa imaginado. Entre las constantes demandas de la abuela y las ocasionales apariciones de Radolf, la tensión se acumulaba como una tormenta inminente. —No deberÃas involucrarte tanto —le advirtió Radolf una tarde, al verla arreglar un ramo de flores para alegrar el cuarto de su abuela. —Hago lo que considero correcto, doctor —respondió Sarah, sin mirarlo. Él permaneció en silencio por unos segundos, observándola de una forma que la incomodó profundamente. Finalmente, se dio la vuelta y salió de la habitación. Pese a todo, habÃa momentos que la desconcertaban. Como aquella vez en la que Radolf, al pasar junto a ella en el jardÃn, le dijo: —Mi madre insiste en que te quedes más tiempo. Parece que has ganado su aprobación. HabÃa algo en su tono, casi como si reconociera sus méritos a regañadientes, que encendió un destello de satisfacción en Sarah. Pero no podÃa olvidar cómo él la habÃa llevado a esta situación en primer lugar. El trabajo con la abuela empezó a volverse menos hostil, aunque no menos desafiante. Sarah descubrió que detrás del carácter difÃcil de la mujer habÃa una fragilidad que no podÃa ignorar. Entre historias de juventud y pequeños actos de cuidado, comenzó a forjarse una conexión que ninguna de las dos esperaba. Pero la relación con Radolf seguÃa siendo un campo minado. Cada conversación parecÃa un duelo silencioso, lleno de palabras no dichas y emociones contenidas. Una tarde, después de una discusión especialmente tensa, Sarah finalmente se atrevió a enfrentarlo: —¿Por qué me odias tanto, doctor Nauta? Radolf, sorprendido por su franqueza, tardó unos segundos en responder. —No te odio, Fletcher. Pero las emociones... complican las cosas. Sarah lo miró con incredulidad. En ese momento, entendió que detrás de su fachada de perfección, Radolf Nauta también cargaba con sus propias espinas. Y asÃ, atrapados en una tregua incómoda, ambos continuaron enfrentándose al único enemigo que no podÃan evitar: sus propios sentimientos.
