Amor entre espinas
Amor entre espinas El invierno empezó a ceder lentamente, dejando paso a dÃas más cálidos. Sin embargo, en la casa de los Nauta, el ambiente seguÃa siendo un torbellino de emociones reprimidas y palabras a medio decir. Sarah encontraba un extraño consuelo en la rutina: las largas horas cuidando a la abuela y los ocasionales enfrentamientos con Radolf. Una tarde, mientras podaba las rosas del jardÃn bajo el sol tÃmido de marzo, Radolf apareció inesperadamente. —Creà que esto no estaba en tu descripción de trabajo —dijo, con ese tono seco que siempre usaba cuando querÃa ocultar algo más. Sarah no se molestó en mirarlo. —Quizá no, pero alguien tiene que hacerlo. Además, no creo que las flores entiendan de contratos. Radolf permaneció en silencio, observándola trabajar. Ella podÃa sentir su mirada fija, pesada, como si tratara de desentrañar algo en su interior. Finalmente, él habló. —Mi abuela ha estado más tranquila últimamente. Supongo que tú tienes algo que ver con eso. Sarah se giró, sorprendida por el leve tono de reconocimiento en su voz. —Supongo que no soy tan corriente después de todo, ¿verdad? —replicó, sin ocultar un destello de ironÃa en sus palabras. Radolf sonrió, apenas un movimiento de labios que desapareció tan rápido como habÃa llegado. —Tal vez no lo seas —admitió, antes de regresar al interior de la casa. Aquellas palabras, tan sencillas y directas, resonaron en Sarah más de lo que estaba dispuesta a admitir. Pero no se permitió ahondar en ellas. SabÃa que abrirse a esa posibilidad era un riesgo que no estaba lista para tomar. Los dÃas siguientes fueron un tira y afloja constante entre ambos. Radolf parecÃa aparecer en los momentos más inoportunos, con comentarios que, aunque disimulados, sugerÃan que prestaba más atención a Sarah de lo que ella creÃa. —Es curioso cómo siempre estás dispuesta a hacer más de lo necesario —le dijo una noche, al encontrarla organizando la biblioteca. —Es curioso cómo siempre encuentras algo que criticar —respondió Sarah, devolviéndole una mirada desafiante. Pero detrás de esas escaramuzas habÃa una tensión que ambos sentÃan pero que ninguno querÃa reconocer. Hasta que, una noche, esa tensión se rompió. La abuela, en un ataque de lucidez, decidió que era hora de hablar claro. —Tú y Radolf sois como dos gatos en un saco. Siempre rondándoos, pero nunca os atreveréis a dar el primer paso. Sarah, tomada por sorpresa, trató de desviar el tema. —No sé de qué habla, señora Nauta. La anciana soltó una risa seca. —Claro que lo sabes. Pero no te preocupes, querida. Él es demasiado testarudo para admitirlo. Esa conversación la dejó intranquila. Más tarde, esa misma noche, se cruzó con Radolf en el pasillo. Algo en su expresión la detuvo. No era la mirada frÃa y controlada de siempre; habÃa algo vulnerable, casi humano, en su rostro. —¿Todo bien? —preguntó Sarah, rompiendo el silencio. Radolf asintió, pero no se movió. —A veces me pregunto cómo lo haces. —¿Hacer qué? —Seguir adelante, incluso cuando todo parece en tu contra. Sarah lo miró, sintiendo que por primera vez estaba viendo al verdadero Radolf Nauta. —Porque si no sigo adelante, nadie más lo hará por mà —respondió, con una sinceridad que incluso la sorprendió a ella misma. Radolf parecÃa querer decir algo más, pero en lugar de eso, solo asintió y se alejó. En esos dÃas, el orgullo de ambos parecÃa florecer como las rosas que Sarah habÃa cuidado en el jardÃn. Pero también estaban creciendo otras cosas: dudas, preguntas, y algo que ninguno de los dos podÃa negar por mucho más tiempo.
