El Clan de los Parricidas y otras historias macabras

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En ese momento su voz fue ahogada por unas carcajadas: unas carcajadas como las que se oyen en los manicomios. Las personas que se encontraban a su alrededor señalaban al objeto que tenía en la mano y su alborozo aumentó cuando Saylor lo dejó caer y fue rodando por entre sus pies. Entonces comenzaron a bailar alrededor de aquella cabeza con gestos grotescos y actitudes obscenas e indescriptibles. Le dieron patadas enviándola de un lado a otro de la habitación, y en su afán de golpearla, se empujaban y derribaban los unos a los otros. Maldecían, gritaban y cantaban fragmentos de canciones indecentes, mientras la maltratada cabeza iba dando saltos de acá para allá como si estuviera aterrorizada y quisiera escapar. Finalmente salió disparada por la puerta hacia el recibidor, seguida por todos los demás, dando lugar a una precipitación tumultuosa. En aquel momento la puerta se cerró con un fuerte golpe y Saylor se quedó solo en medio de un silencio sepulcral.

Guardó con cuidado la pistola, que había estado en sus manos todo el rato, y se dirigió a la ventana para asomarse. La calle estaba desierta y en silencio. Las luces se habían apagado. Los tejados y las chimeneas de las casas se recortaban nítidamente en el Este a la luz del amanecer. Salió de la casa (la puerta cedió con facilidad a su empuje) y se encaminó hacia la redacción del Comercial. El director estaba todavía en su despacho, dormido. Saylor le despertó y dijo:


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