La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros

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LA CAVERNA DE PLUTÓN

HELENA PETROVNA BLAVATSKY tenía una mirada de ojos grandes capaz de turbar en mínimos retratos, hoy, cuando lleva más de un siglo de muerte, reproducidos en el vapor de las páginas electrónicas y en papeles frágiles, libros viejos. Había nacido, carne, en la Ucrania del Imperio ruso, en 1831 y, de niña, descubrió un don de médium que la torturaría durante lustros. A los diecisiete años, casó con el vicegobernador Nikifor V. Blavatsky, pero a los pocos meses le abandonó a él y a su palacio. Viajó por Asia. Pasó años estudiando con maestros tibetanos, de los cuales, por entonces, habían llegado a nuestro Occidente nada más que raros ecos. Ellos recondujeron la capacidad de contactar con el más allá que el destino había concedido a Helena Petrovna. Así lo escribió en una carta a su familia: «Los últimos restos de mi debilidad psicofísica han desaparecido por completo, gracias a aquellos a quienes bendeciré agradecida toda la vida». Viajó por Europa en caminos de ocultas sabidurías que siempre nacen de la misma. Encontró espectros eslavos, derviches turcos, hipnotizadores vagabundos. Experimentó poderes que provocaban el asombro y el miedo, y aprendió a ocultarlos, de la misma manera que Jesús se resistía ante las gentes a obrar sus milagros. La comparación no es blasfema. Eran poderes que, como la sabiduría, nacen de uno solo. Llegó a la Nueva York de 1873, donde conoció a su inseparable Henry Steel Olcott, con el que fundó una Sociedad Teosófica que se radiaría por el mundo. Y fue entonces cuando madame Blavatsky comenzó a escribir de forma cotidiana.


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