La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Amaba, no obstante, demasiado a «su hijo» para así hacerlo, por lo que en el acto rechazó su mente esta última idea. Franz había hechizado el alma esencialmente música del maestro, y no parecía sino que la vida de los dos se hallaba ligada con un vínculo irrompible por el hado mismo. Semejante convicción, adquirida en un vivo rayo de luz de espiritual a la cabecera del enfermo, le decidió al fin, como si fuese una revelación, a salvar al muchacho, aun cuando fuese a costa de su ya gastada e inútil vida.
Era aquel séptimo día de enfermedad. La crisis de la mañana fue la más terrible de cuantas habían asaltado hasta entonces al joven, quien llevaba ya veinticuatro horas sin cesar de disparatar ni de cerrar los ojos y describiendo con macabra minuciosidad sus detalles más nimios. Espectros espantosos; sombras siniestras de crimen flotaban en sarta inacabable en los ámbitos aquellos, sarta cuyos personajes eran puntualmente nombrados y designados por el enfermo como si se tratase de antiguos conocidos. Creíase un nuevo Sísifo, atado al peñasco del Cáucaso con los cuatro fragmentos de intestino transformados en otras cuerdas de violín… Un río Stix, no de negras aguas, sino de roja sangre, corría a sus pies de condenado eterno, y añadía enloquecido: