La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Franz, hijo querido. Cuando leas ésta, tu viejo maestro, tu amigo, habrá hecho ya el mayor sacrificio que por el logro de tu ideal de fama y riqueza podÃa. El que te amó tanto, hele ya aquà frÃo e inerte. Ya sabes lo que te corresponde hacer… ¡Fuera necias preocupaciones! Yo, libre y espontáneamente, te he ofrendado mi cuerpo, en holocausto a tu fama futura, y realizarÃas la más negra de las ingratitudes si, por timidez o cobardÃa, hicieses inútil este sacrificio mÃo. Cuando tu amado violÃn se vea con sus nuevas cuerdas y estas cuerdas sean una parte de mi propio ser, aquél se verá ya investido del mismo secreto mágico del célebre Paganini. En ellas, en mis cuerdas, encontrarás, siempre que quieras, los ecos de mi voz, mis gemidos, mis cantos de amor y de bienvenida, los acentos todos más patéticos, en fin, de mi inmenso amor hacia ti… AsÃ, pues, mi Franz idolatrado, ¡nada temas; nada vaciles! Coge triunfalmente tu instrumento y lánzate al mundo siguiendo los pasos de aquel que sembró la desesperación y la desgracia en la senda de nuestras ilusiones… Preséntate altanero en cuantos lugares él se presente a los públicos; búrlate de él y rétale al más gallardo de los desafÃos. Entonces alcanzarás a comprender y a oÃr, oh, Franz querido, cuán potentes son siempre las notas de todo amor desinteresado, y en la última caricia de aquellas cuerdas te acordarás de que son el cuerpo y el alma de tu abnegado maestro que, por última vez, te abraza y te bendice,