MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Y qué más? —preguntó AgustÃn—, ¿qué arribó después?
—Entraron unos hombres al salón donde quedaban algunos socios y cargaron a palos con ellos.
—¡A palos! —Dijeron hombres y mujeres.
—¡A golpes de bastones! —exclamó AgustÃn con acento afrancesado.
—Es una atrocidad —dijo indignada doña Francisca—, parece que no estuviéramos en un paÃs civilizado.
—¡Mujer, mujer! —replicó don Fidel—, el Gobierno sabe lo que hace; ¡no te metas en polÃtica!
—SÃ, pero esto es muy fuerte —dijo AgustÃn—, esto depasa los lÃmites.
—El deber de la autoridad —exclamó don Simón— es velar por la tranquilidad, y esta asociación de revoltosos la amenazaba directamente.
—¡Pero eso es exasperar! —objetó exaltada doña Francisca.
—¡Qué importa, el Gobierno tiene la fuerza!
—Bien hecho, bien hecho, que les den duro —dijo don Fidel—, ¿no les gusta meterse en lo que no deben?
—Pero esto puede traer una revolución —dijo don Dámaso.