MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Es verdad, pero ¡qué hacer! Será un corazón más que se queme por acercarse a la luz de la felicidad —dijo Rafael suspirando.
Luego añadió, pasando los dedos entre sus cabellos:
—Es la historia de las mariposas, MartÃn, las que no mueren, conservan para siempre las señales del fuego que les quemó las alas. ¡Vaya, parece que estoy poetizando, es el licor que habla!
—Sigue —dÃjole Rivas, a quien, por el estado de su alma, cuadraba el acento triste con que San Luis habÃa pronunciado aquellas palabras.
—Esa maldita mistela me ha puesto la cabeza como fuego. Tomemos té y conversemos; los vapores del licor desatan la lengua y ponen expansivo el corazón. Encendió un anafe con espÃritu de vino, y un cigarro en el papel con que acababa de comunicar la luz al licor.
—No te has divertido según he visto —dijo tendiéndose en un sofá.
—Es cierto.
—Tienes un defecto grave, MartÃn.
—¿Cuál?
—Tomas la vida muy temprano por el lado serio.
—¿Por qué?
—Porque te has enamorado de veras.
—Tienes razón.