MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —A ver, hagamos una cuenta, porque en todo es preciso calcular: ¿en qué proporción aprecias tus esperanzas?
—¿Esperanzas de qué?
—De ser amado por Leonor, porque a Leonor es a quien amas.
—En nada, no las tengo.
—Vamos, no eres tan desgraciado —exclamó Rafael levantándose.
Rivas le miró con asombro, porque creÃa que amar sin esperanzas era la mayor desgracia imaginable.
—Es decir —prosiguió San Luis—, que ni una ojeada, ni una de esas señales casi imperceptibles con que las mujeres hablan al corazón.
—No, ninguna.
—¡Tanto mejor!
—¿Conoces a Leonor? —le preguntó MartÃn cada vez más admirado.
—SÃ, es lindÃsima.
—Entonces, no te comprendo.
—Voy a explicarme. Supongo que ella te ame.
—¡Oh, jamás lo hará!