MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Es una suposición. Me confesarás que un amor correspondido tiene mil veces más fuerzas para aferrarse al corazón que el que vive de suspiros y sin esperanza. Está dicho: ella te ama. Has conquistado el mundo entero, y para afianzar la conquista quieres casarte con ella. Ésta es la vida, y tú bendices al cielo hasta el momento en que vas a pedirla a los padres. Tu amor y el de tu ángel, que te eleva a tus propios ojos a la altura de un semidiós, te han hecho olvidar que eres pobre, y la realidad, bajo la forma de los padres, te pone el dedo en la llaga. ¡Estás leproso y te arrojan de la casa como un perro! Esta historia, querido, no pierde su desgarradora verdad por repetirse todos los dÃas en lo que llamamos sociedades civilizadas. ¿Quieres ser el héroe de ella?
MartÃn vio que San Luis se habÃa ido exaltando hasta concluir aquellas palabras con una risa sofocada y trabajosa.
—¡Pobre MartÃn! —repuso San Luis, preparando el té—. Créeme, tengo experiencia en mis cortos años, y te lo voy a probar con mi propia historia. A nadie he hablado de ella; pero en este momento su recuerdo me ahoga y quiero confiártela para que te sirva de lección. Te he estudiado desde que te conozco, y si busqué tu amistad fue porque eres bueno y noble. ¡No quisiera verte desgraciado!