MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Gracias —contestó MartÃn—, a tu amistad debo la poca alegrÃa que he tenido en Santiago.
San Luis sirvió dos tazas de té, aproximó una pequeña mesa junto a Rivas y se colocó a su frente.
—Óyeme, pues —le dijo—. No es una novela estupenda lo que voy a contarte. Es la historia de mi corazón. Si no te hallases enamorado, me guardarÃa bien de referÃrtela, porque no la comprenderÃas a pesar de su sencillez. Me veo obligado a empezar, como dicen, por el principio, porque jamás nada te he dicho de mi vida. Mi madre murió cuando yo sólo tenÃa seis años; el sueño me trae a veces su imagen, divinizada por un cariño de huérfano; pero despierto, apenas recuerdo su fisonomÃa. Me crie de interno en un colegio, al que mi padre venÃa a verme con frecuencia. ¡Pasó la infancia, llevándose su alegrÃa inocente, y vino la pubertad! Yo habÃa sido un niño puro y continué siéndolo cuando la reflexión comenzó a tener parte en mis acciones. A los diez y ocho años me gustaba la poesÃa, y rimé con ese calor en el pecho de que habla Descartes cuando describe el amor. A esa edad conocà a la dueña de ese retrato.
MartÃn miró el daguerrotipo que Rafael le presentaba. Era el mismo que habÃa llamado su atención algunas horas antes.
—¿Es Matilde, la prima de Leonor? —preguntó, fijándose bien en el retrato.