MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —La misma —contestó San Luis, sin mirarlo.
—La vi anoche en casa de don Dámaso.
—Ese amor —continuó Rafael— llenó mi corazón y me puso a cubierto de los desarreglos a que el despertar de las pasiones arroja a la juventud. Amé a Matilde dos años sin decÃrselo. Nuestros corazones hablaron mucho tiempo antes que nuestras lenguas. A los veinte años supe que ella me amaba también hacÃa dos. Me encontré, pues, en esa situación que califiqué hace poco diciéndote que habÃas conquistado el mundo; ese mundo, para un joven de veinte años, lo presenta con todas sus glorias el corazón de una mujer amante.
Rafael hizo una pausa para encender su cigarro, que habÃa dejado apagarse.
—Hasta aquà eres muy feliz —dijo Rivas, que pensaba que la dicha de ser amado una vez serÃa bastante para quitar el acÃbar de todas las desgracias ulteriores.