MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Vivà hasta los veintidós años en un mundo rosado —continuó San Luis—. Los padres de Matilde me acariciaban porque el mÃo era rico y especulaba en grande escala. Ella, siempre tierna, me hacÃa bendecir la vida. Era, como acabas de decirlo, muy feliz. Los más lindos dÃas de primavera se nublan de repente, y Matilde y yo nos encontrábamos en la estación florida de la existencia. Tuve un rival: joven, rico y buen mozo. El mundo de color de rosa tomaba a veces un tinte gris que me hacÃa sufrir de los nervios, y luego mi almohada me guardaba para la noche visiones que oprimÃan mi corazón. Después de luchar con los celos por algún tiempo, mi orgullo transigió con mi amor; ¡tenÃa celos! No hay dignidad delante de una pasión verdadera, y la mÃa lo era tanto, que vivirá cuanto yo viva. Matilde me descubrió una parte del cielo, jurándome que jamás habÃa dejado de amarme, y yo vi cambiarse mi amor en una pasión sin lÃmites cuando creà reconquistar su corazón. Los nublados se despejan y vuelven. Asà vi lucir el sol y ocultarse otra vez tras nuevas dudas. En esta batalla pasó un año.
»Mi padre me llamó un dÃa a su cuarto y al entrar se arrojó en mis brazos. Mis propias preocupaciones me habÃan impedido ver que su rostro estaba marchito y desencajado hacÃa tiempo. Sus primeras palabras fueron éstas:
»—¡Rafael, todo lo he perdido!