Martín Rivas

Martín Rivas

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»Le miré con asombro, porque la sociedad le creía rico.

»—Pago mis deudas —me dijo—, y sólo nos queda con qué vivir pobremente.

»—Y así viviremos —le contesté con cariño—. ¿Por qué se aflige usted? Yo trabajaré.

»Explicarte la ruina de mi padre sería referirte una historia que se repite todos los días en el comercio: buques perdidos con grandes cargamentos, trigo malbaratado en California, ¡esa mina de pocos y ruina de tantos! En fin, los mil percances de las especulaciones mercantiles. Aquella noticia me entristeció por mi padre. Para mí fue como hablar al emperador de la China de la muerte de uno de sus súbditos. ¡Yo poseía sesenta millones de felicidad, porque Matilde me amaba! ¿Qué podría importarme la pérdida de quinientos o seiscientos mil pesos?

—¿Ella te amaba, a pesar de tu pobreza? —dijo Rivas con su idea fija.

—Todavía. Seguí visitando en casa de Matilde, hablando de amor con ella y de letras con su madre. Tú sabes que el amor tiene una venda en los ojos. Esta venda me impedía ver la frialdad con que don Fidel reemplazó de repente las atenciones que me prodigaba. Una noche llegué a casa de Matilde y encontré sólo en el salón a don Dámaso, tu protector. No sé por qué sentí helarse mi sangre al recibir su saludo.


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