Martín Rivas

Martín Rivas

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Este caballero, considerado como un hombre de capacidad en la familia, por lo dogmático de sus frases y la elocuencia de su silencio, decidía en general sobre las discusiones frecuentes que doña Francisca trataba con su marido.

—Por supuesto —repuso don Fidel—, y la Constitución es la carta fundamental, de modo que sin ella no puede haber razón de fundamento.

Don Dámaso, mientras tanto, no se atrevía a salir en defensa de su hermana, porque sus amigos le habían hecho inclinarse al Gobierno con el temor de una revolución.

—Tú podías defenderme —le dijo doña Francisca—; ¡ah!, bien dice Jorge Sand que la mujer es una esclava.

—Pero, hija, si hay temor de revolución, yo creo que sería prudente…

—Don Jorge Sand puede decir lo que le parezca —repuso don Fidel, consultando la aprobación de su compadre—; pero lo cierto del caso es que, sin estado de sitio, los liberales se nos vienen encima. ¿No es así, compadre?

—Parece, por lo que ustedes les temen —exclamó doña Francisca—, que esos pobres liberales fueran como los bárbaros del Norte de la Edad Media.

—Peores son que las siete plagas de Egipto —dijo con tono doctoral don Simón.


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