MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Yo no sé a la verdad lo que temerÃa más —exclamó don Fidel—, si a los liberales o a los bárbaros araucanos, porque la Francisca se está equivocando cuando dice que son del Norte.
—He dicho que son los bárbaros de la Edad Media —replicó la señora, enfadada con la petulante ignorancia de su marido.
—No, no —dijo don Fidel—, yo no hablo de edades, y entre los araucanos habrá viejos y niños como entre los liberales; pero todos son buenos pillos; y si yo fuese Gobierno les plantarÃa el estado de sitio.
—El estado de sitio es la base de la tranquilidad doméstica, amigo don Dámaso —dijo don Simón, viendo que el dueño de casa no se decidÃa francamente.
—Eso sÃ, yo estoy por los gobiernos que nos aseguren la tranquilidad —dijo don Dámaso.
—Pero, señor —exclamó Clemente Valencia, mordiendo su bastón de puño dorado—, nos quieren dar la tranquilidad a palos.
—A golpes de bastones —dijo AgustÃn.
—Asà debe ser —replicó Emilio Mendoza, que, como dijimos, pertenecÃa a los autoritarios—: es preciso que el Gobierno se muestre enérgico.
—Y si no, mañana atropellan la Constitución —dijo don Fidel.