Martín Rivas
Martín Rivas En la mañana del 21, cuando Rafael dormía aún después de referir su historia a Martín, doña Clara salió de la casa envuelta en su mantón y se dirigió a la de su hermano don Pedro San Luis, que vivía en una de las principales calles de Santiago. Don Pedro, como San Luis había dicho a Rivas, era rico. Poseía no lejos de Santiago dos haciendas que los quebrantos de su salud le habían obligado a poner en arriendo. Su familia se componía sólo de su mujer y un hijo, llamado Demetrio, que a la sazón contaba quince años.
Al dirigirse doña Clara a casa de su hermano, le había ocurrido una idea con la que esperaba realizar su propósito de mejorar la suerte de su sobrino.
Don Pedro tenía un verdadero afecto por los suyos y se hallaba siempre dispuesto a servirles.
Recibió a su hermana con cariño y la llevó a su cuarto de escritorio cuando doña Clara le dijo que venía para hablar de asuntos importantes.
—¿Cómo está Rafael? —le preguntó cuándo vio a su hermana bien acomodada sobre una poltrona.
—Bueno, y vengo a hablarte de él; ya sabes que es mi regalón.
—Demasiado tal vez —observó don Pedro—, y es una lástima, porque es un muchacho capaz.
—¿No es verdad? Pero, hijo, su tristeza es cada vez mayor y poco a poco va descuidando todos sus estudios.