MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Malo, tú debÃas aconsejarle.
—Traigo otro proyecto que depende de ti.
—¿De m� A ver cuál es.
—A fuerza de pensar —dijo doña Clara—, he visto que lo que más convendrÃa a este muchacho serÃa el alejarse de Santiago y consagrarse al campo, donde la esperanza de mejorar de fortuna y la vida activa del trabajo le harán olvidar esa melancolÃa que le consume.
—Tienes razón, ¿quieres que le busque un arriendo?
—Mejor que eso. Tú deseas, según varias veces me has dicho, ocupar a tu hijo también en trabajos de campo, ¿no es verdad?
—Es preciso, pues, hija; este niño no tiene salud para estudiar y es necesario que vaya conociendo los fundos que han de ser suyos.
—Pues entonces, ¿por qué no lo pones a trabajar en una de tus haciendas en compañÃa con Rafael?
—Bien pensado —exclamó don Pedro, a quien la idea de dejar solo a su hijo en el campo preocupaba desde largo tiempo—. ¿Sabes si Rafael quiere salir de aqu�
—Nada le he preguntado; pero eso lo veremos después. ¿Cuándo concluye el arriendo del Roble?