MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —No, pero…
—Fuiste tú, ésta es la verdad.
—Bien sabes que no podÃa desobedecer a mi papá.
—Más esta disculpa no vale para él —replicó Leonor—. San Luis, arrojado de tu casa, sin recibir noticia ninguna de tu parte, tuvo sobrado motivo para creerse olvidado. —Yo le juré mil veces que jamás le olvidarÃa.
—Pero ibas a casarte con otro; ¿no era esto desmentir tus juramentos?
—Él debe saber que lo hacÃa contra mi voluntad.
—Mira, Matilde —dijo Leonor con tono serio—, yo creo que estos juramentos de amor son demasiado sagrados, sobre todo si son hechos a un hombre que tus padres recibÃan y festejaban. Si él empobreció después, tus juramentos no desaparecÃan por eso y debiste cumplirlos.
—Ya sabes —contestó Matilde con los ojos llenos de lágrimas— que no tuve fuerza contra la voluntad de mi padre.
—Lo sé —repuso Leonor—, y no te hago esta reflexión sino para manifestarte que si realmente amas a San Luis, debes reparar tu falta, puesto que ya sabes que él no te ha olvidado.
—SÃ, ¿pero cómo hacerlo?