MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¡Ah!, créemelo, Leonor, le amo sobre todo; he llorado tanto durante este tiempo, que a veces, por volverle a ver, a oÃr de sus labios los juramentos que antes me hacÃa, me creo con fuerzas de vencer todos mis temores.
—Veamos, pues, lo que se puede hacer —replicó Leonor.
—Me confÃo a ti, no me abandones —dijo Matilde, besándola con ternura.
—Yo creo que debes verle, ya que no te atreves a escribirle, y para esto MartÃn, como dijiste, puede servirnos.
—¿Cuál es tu plan?
—Avisarle que en la Alameda puede verse contigo.
—¿Cuándo? —preguntó Matilde, sin poder ocultar la ansiedad que aquella sola idea le causaba.
—Mañana; irás conmigo y AgustÃn nos acompañará.
—¡Dios mÃo! —murmuró Matilde, a quien la emoción hacÃa temblar cual si estuviese ya en presencia de Rafael—, ¡si mi papá llegase a saberlo!
—Yo me hago responsable de todo —contestó Leonor, que parecÃa animarse a medida que su prima se dejaba vencer por el miedo.
Matilde la abrazó, dándole las gracias entre sollozos que no podÃa reprimir.