MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Qué le dirás?
—Que tú amas a Rafael; esto ya debe Rivas haberlo sospechado.
—¿Y qué más?
—Que mañana te pasearás conmigo por la Alameda, cerca de la pila, entre la una y las dos de la tarde. Que él puede encontrarse allà por casualidad y acercarse a nosotras si tú le saludas.
—Bueno —contestó Matilde, reprimiendo el temblor que estremecÃa todo su cuerpo—. Para esto es preciso que me vaya pronto —dijo Leonor—, porque debo hablar con MartÃn antes que salga del escritorio de mi padre, pues en la noche puede no presentarse la ocasión de hablarle.
Cuando se despedÃan las dos niñas, el coche de don Dámaso esperaba ya a la puerta por orden que Leonor habÃa dejado en su casa.
Diéronse un tierno abrazo, despidiéndose hasta la noche, y Leonor subió al carruaje, que partió con velocidad.