Martín Rivas

Martín Rivas

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Cada ruido de pasos que se oía en el patio hacía latir con violencia su corazón; así es que recibía con un frío saludo a las personas que llegaban. La ausencia de su prima vino a aumentar la duración de aquella larga noche, en la que esperaba explicarle sus razones para no haber descubierto a Rivas todo el plan acordado en el día.

Perdida ya la esperanza de ver llegar a Martín, su irritación se aumentó con aquel ligero incidente que la privaba del placer de una victoria. Parecíale que Rivas cometía una falta imperdonable no presentándose a recibir la insultante indiferencia con que se preparaba a hacerle conocer el desprecio que le había inspirado su presuntuoso propósito de no amar.

Leonor creía de buena fe en aquel instante que ese propósito era usurpado contra los fueros de su belleza, que todos debían admirar.

Don Dámaso, por su parte, sin preocuparse de la impaciencia de su hija ni del sueño en que doña Engracia había caído, con Diamela en las faldas, se sostuvo durante toda la noche en abierta oposición al ministerio, contra don Fidel y don Simón, que le atacaron vigorosamente.

Al llegar don Fidel a su casa, en donde Matilde, pretextando un fuerte dolor de cabeza, había quedado con doña Francisca, encontró sola a su mujer y entregada a la lectura de Jorge Sand.


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