MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Don Fidel, después de argumentar en contra de la oposición, delante de su compadre y fiador, se preguntaba, al volver a su casa, si pasándose a la oposición podrÃa obtener la prórroga del arriendo del Roble.
En presencia de doña Francisca siguió en voz alta sus reflexiones, que, girando en torno de las probabilidades que el caso presentaba, tomaron la forma que indican las siguientes palabras:
—La cosa serÃa acertar el golpe, porque si ahora me paso a la oposición, pierdo la fianza de mi compadre, que, como ya se encuentra figurando entre la gente decente, se echará para atrás conmigo. ¡Maldita polÃtica!
Doña Francisca, que bajo la impresión de su lectura se hallaba en disposición de reducirlo todo a teorÃas, exclamó para formular una:
—Mira, hijo, la polÃtica, como dice no sé qué autor, es un cÃrculo inflamado que… —Qué cÃrculo, mujer, ni qué autor— replicó impaciente don Fidel; —si don Pedro me firmase un nuevo arriendo del Roble yo me reirÃa de todo el mundo.
Doña Francisca se contentó con levantar los ojos, como poniendo al cielo por testigo del prosaico corazón a que habÃa unido el suyo.