MartÃn Rivas
MartÃn Rivas 22
Rivas y AgustÃn entraron a casa de doña Bernarda en circunstancias que la señora preparaba la mesa de juego y llamaba a dos amigos de Amador, que con éste y el oficial de policÃa rodeaban a las niñas.
—Vaya, hijitos —decÃa doña Bernarda—, no estén hablando zonceras y vengan a echar una manita.
Los dos amigos de Amador acudieron al llamado de la dueña de casa, que recibió a los que llegaban en ese momento con el naipe en la mano.
Doña Bernarda quiso adelantarse a recibirles.
—No se incomode usted, señora, por nosotros —le dijo AgustÃn—, continúe siempre. —No, hijito, no es incomodidad— contestóle doña Bernarda.
—Quiero decir a usted que no se moleste —replicó el joven Encina con graciosa sonrisa.
—¡Ah!, si no le habÃa entendido al francesito de agua dulce —exclamó con alegre carcajada doña Bernarda—. ¿Quieren ustedes echar una manita?
—Más tarde, señora —contestó AgustÃn—, vamos a saludar a estas señoritas.
Las niñas, que se hallaban en la pieza vecina, fueron llamadas por la madre. —Traigan la vela para acá— les dijo—, y estaremos todos juntos.
Adelaida y Edelmira obedecieron aquella orden, y el oficial de policÃa las siguió con la palmatoria.