MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Asà me gustan los militares subordinados —fueron las palabras con que doña Bernarda alabó la galanterÃa de Ricardo Castaños, que colocó la palmatoria sobre una mesa y se sentó al lado de Edelmira.
AgustÃn vio que en aquella pieza era difÃcil sostener una conversación animada con Adelaida sin ser oÃdo, y empezó a hacer alabanzas del canto de Amador.
—¡Oh, yo soy loco por el canto! —dijo al joven Molina, que tomó inmediatamente la guitarra.
—¿Qué tonada le gusta más? —preguntó éste.
—La que usted ame más, todas me placen —contestó AgustÃn.
Amador afinó la guitarra, mientras que AgustÃn entablaba su conversación, y entonó luego algunos versos, acompañándose con la música monótona de nuestras antiguas tonadas:
Yo no me pienso matar Por quien por mà no se muere;
Querer a quien me quisiere y al que no me quiera, ¡andar!
AgustÃn, aprovechándose del ruido, decÃa con apasionado acento a Adelaida:
—Yo necesito una prueba de su amor.
—¿Y usted qué prueba me da? —preguntó ella.
—¿Yo? La que usted demande.