MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Si usted me quisiese, como dice —replicó la niña—, se contentarÃa con mi palabra y no me pedirÃa más pruebas.
—Es que nunca puedo hablar con usted con libertad —repuso AgustÃn—, y por eso insisto en lo que la pedÃa le otra noche.
—¿La otra noche? ¿Qué cosa? No me acuerdo.
—Una cita.
—¡Ay, por Dios! Eso es mucho pedir.
—¿Por qué? —preguntó AgustÃn con la más rendida entonación de voz.
—Si le doy una cita, ¿quién puede perder en ella? Soy yo, ¿no es verdad?
—¿No me cree usted bastante caballero?
—Al contrario, demasiado.
—¿Y por qué demasiado?
—Porque nunca se casarÃa conmigo; diga la verdad.
Adelaida, al decir estas palabras, fijó en el joven una mirada penetrante. Era la primera vez que entraba en discusión tan franca con AgustÃn.
Éste, confundido con semejante pregunta, vaciló un momento; pero, recurriendo luego a la clásica moral, cuyas teorÃas habÃa desarrollado a Rivas en la tarde, respondió:
—SÃ, ¿por qué duda usted?