Martín Rivas

Martín Rivas

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Adelaida leyó en la vacilación la falsía de la respuesta; mas no dio señales de disgusto. Fingiendo, por el contrario, haber creído en ella, volvió a preguntar:

—¿No me engaña usted? ¿Me lo jura?

Agustín, lanzado en el campo de la mentira, no titubeó para responder al instante:

—Sí, se lo juro.

Y la ligereza con que lo dijo sirvió a Adelaida para confirmar la opinión que en la anterior respuesta le acababa de dar la incertidumbre del joven.

—¡Ah, si usted no mintiera! —exclamó con un acento de pasión que Agustín creyó sincero.

—Juro a usted que no miento —respondió el joven—; concédame usted la cita y hablaremos.

En ese momento concluía la tonada de Amador, y Adelaida le dijo con voz breve:

—Mañana a las doce de la noche; la puerta de calle estará abierta.

Agustín dio casi un salto sobre su silla; la alegría iluminó su rostro haciendo centellear sus ojos.

—Me rinde usted el más feliz de los mortales —exclamó apagando el sonido de su voz, que se confundió con las últimas vibraciones del canto.

—Retírese usted, porque mi madre nos mira —le dijo entre dientes Adelaida.


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