MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿No estás en pie? —preguntó Leonor.
—Entra, hermanita —dijo a la niña—. ¿Qué es esto tan de mañana? ¿Vienes de la iglesia?
Leonor dio una respuesta afirmativa a la última pregunta y se sentó en una poltrona de tafilete verde que le presentó el elegante.
—Y tú, ¿cómo estás tan temprano en pie? —preguntó la niña, quitándose el mantón. AgustÃn habÃa pasado mala noche con la felicidad, que a veces desvela tanto como el pesar.
—No sé —dijo—, desperté temprano.
—Anoche te recogiste tarde.
—SÃ, me entretuve por ahà —contestó AgustÃn, que veÃa con placer una ocasión de recordar su visita de la noche anterior.
—¿Dónde estuviste? —preguntó Leonor, con aire de distracción.
—En casa de unas niñas.
—¿HabÃa muchos jóvenes?
—Algunos; yo estuve con MartÃn.
—¡Con MartÃn! —dijo Leonor, admirada—. ¿En casa de qué niñas?
—¡Ah!, hermanita, eres muy curiosa; se cuenta el milagro sin nombrar al santo.
—No sabÃa que a nuestro alojado le gustase visitar —dijo Leonor, jugando con el libro de misa que tenÃa entre las manos.