MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Como a todo hijo de vecino.
—¿Son bonitas las niñas?
—¡Oh, encantadoras!
El entusiasmo de esta respuesta produjo en Leonor una extraña sensación.
—¿Las conozco yo? —preguntó con curiosidad.
—No sé…, puede ser.
AgustÃn dio esta contestación porque, si bien se hallaba con deseos de contar que era amado, no querÃa, por otra parte, hacer sospechar a su hermana la baja esfera social en que habÃa ido a buscar sus conquistas amorosas.
—De esas niñas —dijo Leonor—, alguna debe gustarte.
—La más bonita —contestó AgustÃn con orgullo.
—¿Y ella te quiere?
—No faltan pruebas para creerlo.
Leonor habÃa hecho las preguntas anteriores para no llamar la atención de su hermano sobre esta otra:
—¿Y MartÃn… hace la corte a alguna de ellas?
—No sé precisamente; pero le he visto conversar mucho con una hermana de la mÃa. AgustÃn dio a este posesivo toda la fatuidad que le inspiraba el recuerdo de la cita que habÃa obtenido de Adelaida.
—¿Y es bonita también? —preguntó Leonor.