Martín Rivas

Martín Rivas

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—Bonita, ¡cómo no!, aunque no tanto como la otra; pero es interesante.

La niña se quedó pensativa durante algunos momentos. Sentíase humillada por aquella revelación.

Era claro que Rivas había mentido al contarle, con pretendida modestia, su propósito de no amar; y que probablemente hablaba de amor con otra cuando ella le esperaba para confundirle con su desdén. Mientras hizo estas reflexiones, le ocurrió la idea de que su silencio podía despertar las sospechas de su hermano sobre la causa que lo motivaba, y determinó llamar su atención sobre el asunto que la llevaba allí.

—¡Ah! —Exclamó al instante de pensar esto—, se me olvidaba que tengo que pedirte un servicio.

—¿Un servicio, hermanita? —Dijo Agustín—, habla soy todo a ti.

—Quiero que me acompañes hoy a la Alameda entre la una y las dos de la tarde. —¿Para qué? Hoy no es domingo.

—Después te diré; prométeme primero que me acompañarás.

—Te lo prometo, no tengo dificultad ninguna.

—Dime, Agustín, ¿tú estás verdaderamente enamorado de esa niña de que acabas de hablarme?

¡Oh!, la amo de todo mi corazón.

—De modo que si no pudieses verla, lo sentirías mucho.


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