MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —MuchÃsimo; pero no creo que esto suceda.
—Eso no importa; supón que te separasen de ella.
—¡Caramba, no serÃa tan fácil!
—Ya lo sé; pero dalo por hecho.
—¡Ah!, ¿es una suposición? Bueno.
—Estando asÃ, sin verla, ¿no agradecerÃas mucho a la persona que te proporcionase con ella una entrevista?
—¡Cómo no! ¡Se lo agradecerÃa en el alma!
—Pues es lo mismo que tú vas a hacer acompañándome a la Alameda.
—¡Ah picarona!, tienes tus amorcillos, ¿eh?
—No, hijo, no soy yo —dijo con cierta tristeza Leonor.
—Entonces. ¿Quién es?
—Matilde.
—¡La primita! Y éste es ¿el cuántos? Porque cuando yo estaba en Europa, supe que tenÃa amores con Rafael San Luis, tú me escribiste que se iba a casar con otro y ahora quiere que la lleven a la Alameda para ver, sin duda, a un tercero. Fichtre! ¡Excuse usted de lo poco!
—No es para ver a un tercero; Matilde no ha amado nunca más que a Rafael San Luis.
—Y entonces, ¿cómo iba a casarse con Adriano?
—En gran parte por culpa de mi papá.