Martín Rivas

Martín Rivas

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Pero Amador era hombre que gustaba de sacar partido de los accidentes de la vida para compensar los rigores de la suerte contra su siempre necesitado bolsillo. Por esto se valió del ascendiente que aquel secreto le daba sobre su hermana para obligarla a ser menos desdeñosa con el amartelado hijo de don Dámaso Encina. Adelaida meditaba sólo alguna venganza contra el que la abandonaba, cuando Agustín entró a la casa atraído por sus lindos ojos. El elegante llegaba, como se ve, en mal momento, y debió naturalmente sufrir por algunos días los desdenes que su mala estrella le deparaba.

Sin embargo, Agustín no se desalentó con los primeros reveses, y atribuyó a su constancia la sonrisa afable que sus requiebros hicieron dibujarse en los labios de Adelaida, cuando Amador había ordenado aquella amabilidad con la mira de sacar algún partido de aquel amor de un hijo de familia.

La ambición hizo entrever a Amador hasta la posibilidad de enlazar su estirpe plebeya y pobre con la dorada del nuevo amante de Adelaida.

Ésta se dejó dominar y consintió en representar el papel que en aquella comedia la asignaba su ambicioso hermano, sin esperar más ventaja de su obediencia que la posibilidad de mejorar de fortuna, y poder así, con más probabilidad, encontrar algún medio de vengarse de Rafael San Luis.


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