MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Al dÃa siguiente de la fiesta celebrada por doña Bernarda en honor de su cumpleaños, Amador entró al cuarto de Adelaida en circunstancias que doña Bernarda y Edelmira habÃan salido a las tiendas.
—¿Cómo te fue anoche con AgustÃn? —preguntó Amador sentándose—. ¿Siempre enamorado?
—Siempre —contestó Adelaida sin levantar la vista de una costura en que se hallaba ocupada.
—¿Y tú qué le dices?
La niña miró a su hermano con la resolución que naturalmente se pintaba siempre en su semblante.
—Yo —dijo— nada casi le contesto, porque hasta ahora no me has explicado lo que quieres hacer.
—¿Lo que quiero hacer? ¿No te he dicho que le hagas creer que le quieres?
—¿Y para qué?
—Primero, porque estoy pobre —dijo Amador encendiendo un cigarro y lanzando al aire el fósforo con que acababa de prenderlo.
—No sé cómo estés pobre cuando todas las noches casi le ganas plata —replicó Adelaida, volviendo a su costura.
—Harto saco con ganarle; me firma documentos.
—¿Y por qué no los cobras?