MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿Sabes lo que sucede? Varias ocasiones me ha pasado lo mismo; uno le gana al hijo de un rico y, cuando no le quieren pagar, se va donde el padre, que se pone furioso y lo amenaza a uno con mandarlo a la cárcel.
—¿Y la plata que te pagó AgustÃn?
—Eso es muy poco, una o dos onzas; se me van entre los dedos.
Adelaida se quedó en silencio.
Amador dejó pasar un corto rato y dijo:
—Lo que yo quiero es que tú y yo saquemos alguna buena ventaja. Dime, ¿no te gustarÃa casarte con AgustÃn?
—Ya sabes que yo lo primero que quiero es que Rafael me la pague.
Esta vulgar contestación resonó de un modo extraño entre los labios de Adelaida, en cuyos ojos brillaron al mismo tiempo los sombrÃos reflejos de un odio concentrado y tenaz.
—Yo te ayudaré si tú me ayudas —le dijo Amador—. Mira, no seas lesa; si haces lo que te digo, te casas con AgustÃn y eres rica. ¿Qué más quieres?
—Tú hablas de casamiento como si fuese tan fácil —replicó Adelaida, que no se atrevÃa a contradecir a su hermano, que era dueño de su secreto.
—Cierto que es difÃcil —contestó éste—; pero yo sé cómo hacerlo.
—¿Cómo?