MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Le vas dando esperanzas a AgustÃn. ¿No me has dicho que siempre te está pidiendo cita?
—Cierto.
—Bueno; cuando yo te avise, le das cita. Entonces llego yo con un amigo que tengo por ahà y lo obligo a casarse.
—SÃ, ¿pero quién nos casa?
—Mi amigo; no te dé cuidado.
—Tu amigo no es más que sacristán.
—¿Y eso qué importa? Escúchame primero. Como hemos de tener que decÃrselo a mi madre y ella no consentirÃa si supiese que mi amigo no es más que sacristán, le decimos que es cura o que trae licencia para casar.
—¿Y después?
—Yo digo a mi madre que después que ella vea que están casados le diga a AgustÃn que no te dejará juntarte con él hasta que no se lo avise a su familia y den parte que se han casado. Asà estoy seguro que mi madre no se opone. AgustÃn entonces se lo tiene que contar a su padre y éste, como ya no hay remedio, se conforma y da parte a los amigos. Yo le aconsejaré a AgustÃn que diga en su casa que se van a casar en el campo o en cualquiera parte. Una vez que hayan dado parte descubro yo la cosa a AgustÃn, que por no pasar por la vergüenza de contarlo y que en Santiago se rÃan de él, se casa entonces de veras.