MartÃn Rivas
MartÃn Rivas Después de esta conversación, Adelaida templó sus rigores con AgustÃn hasta el punto de hacerle creer en que correspondÃa a su amor y darle la cita para la cual el elegante se preparaba después del paseo a la Alameda con Leonor y su prima. Amador, en los dÃas que habÃa mediado entre su conversación con Adelaida y el designado para la cita, tuvo cuidado de hacer entrar en sus miras a doña Bernarda, a quien la idea de ver a su familia enlazada con la opulenta de los Encina le hizo concebir gran orgullo por haber dado a luz un hombre como Amador, capaz de concebir un plan como el que éste le revelaba. Mecida por dulces esperanzas prometió su cooperación, creyendo, según Amador se lo decÃa, que el amigo complaciente de su hijo era un sacerdote con licencia para bendecir la unión de Adelaida y AgustÃn.
—Si no hacemos esto, madre —habÃa dicho Amador al exponerle su plan—, el dÃa menos pensado alguno de estos ricos nos seduce a la niña y quedamos frescos. —Tienes mucha razón— contestó doña Bernarda, con los ojos húmedos de la viva emoción que le causaba la idea de los regalos con que la rica familia de su yerno, por fuerza, colmarÃa necesariamente a su hija, si no por amor, a lo menos por vanidad.
—No crea tampoco —añadió Amador— que todo está en casarlos, porque es preciso que la familia de AgustÃn reconozca el matrimonio.
—De juro, pues —repuso la madre.