MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿No lo cree usted? —le preguntó Leonor.
—DifÃcil me parece —contestó él.
—Sin embargo, nada se pierde ensayándolo, y creo que usted está en camino de hacerlo.
—¡Yo! Jamás lo he pensado.
Leonor no se dignó replicar.
—Usted se olvida de volver la hoja —le dijo, después que habÃa tocado todo el vals de memoria.
—Esperaba la señal —contestó MartÃn, turbado ante la frÃa mirada con que Leonor dijo aquellas palabras.
La niña, entretanto, habÃa vuelto a principiar el vals.
—¿Y qué plan tiene ahora su amigo? —preguntó.
—En primer lugar —contestó Rivas—, no piensa más que en volver a ver a la señorita Matilde.
—El domingo pensamos salir a caballo al Campo de Marte; allà puede verla.
—Esta noticia me la agradecerá en el alma —dijo Rivas—, si usted me permite dársela. Leonor cesó de tocar y abandonó el piano. MartÃn, que por falta de esperanza miraba todo por el lado del pesimismo, pensó que aquella conversación habÃa sido sostenida por Leonor para llegar a decirle las últimas palabras, asà como en una carta se pone muchas veces en la posdata el objeto que la ha dictado.