MartÃn Rivas
MartÃn Rivas AgustÃn lo sacó de su meditación, viniendo a conversar con él hasta las once de la noche, hora a que ambos se retiraron.
Poco después se retiró también don Fidel ElÃas con su mujer y Matilde.
—¿Has visto —dijo en el camino a doña Francisca— lo que AgustÃn y Matilde han conversado? Que es lo que yo decÃa: ya se quieren, estoy seguro de ello, y mañana voy a hablar con Dámaso para que arreglemos el matrimonio.
—¿No serÃa mejor esperar hasta saber de cierto si se aman? —observó doña Francisca.
—¡Esperar! ¿Se te figura que un partido como AgustÃn se encuentra tan fácilmente? Si esperamos no faltará quien lo comprometa. ¡Quién sabe en dónde visita! No, señor, en estas cosas es preciso ser vivo. Mañana hablaré con Dámaso.
En ese mismo momento AgustÃn daba una nueva mano a su elegante traje y vaciaba en su ropa mezcladas gotas de las más afamadas esencias de olor para asistir a la cita.